© Libro N° 13000. Una Cuestión De Identidad. Bloch, Robert. Emancipación.
Septiembre 21 de 2024
Título original: ©
A Question Of Identity, Robert Bloch (1917-1994)
Versión
Original: © Una Cuestión
De Identidad. Robert Bloch
Circulación
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
UNA CUESTIÓN DE IDENTIDAD
Robert Bloch
Una
Cuestión De Identidad
Robert
Bloch
Mis
miembros eran de plomo. Mi corazón era como un reloj que pulsaba en vez de
latir, muy lentamente. Mis pulmones eran como esponjas de metal, mi cabeza un
cuenco de bronce lleno de lava fundida que se movía como mercurio, atrás y
adelante, en ardientes oleadas. Atrás y adelante... mientras la conciencia y el
inconsciente jugaban entremezclados contra un fondo de lento y sordo dolor.
Sentía eso, nada más. Tenía corazón, pulmones, y cuerpo... pero no sentía nada
externo; mi cuerpo no tocaba nada. No estaba sentado, ni de pie, andando o
tendido, ni haciendo nada que pudiera sentir. Sólo tenía corazón, pulmones,
cuerpo y cabeza en las tinieblas que estaban llenas de la pulsación de una muda
agonía. Esto era yo.
Pero,
¿quién era yo?
Me asaltó
la idea: la primera idea real, ya que antes sólo había estado enterado de
existir. Me pregunté cuál sería la naturaleza de mi ser. ¿Quién era yo? Era un
hombre. La palabra hombre evocó ciertas asociaciones que lucharon por surgir de
entre el dolor, de entre la pulsación del corazón y la sensación jadeante de
los pulmones. Si era un hombre, ¿qué estaba haciendo? ¿Y dónde estaba yo?
Como
respuesta a la idea, mí conocimiento aumentó. Yo poseía un cuerpo, por tanto,
tenía manos, orejas, ojos Debía pues, tratar de sentir, oír y ver. Pero no
podía. Mis brazos estaban agarrotados como masas de hierro inamovibles. Mis
oídos sólo captaban el sonido del silencio y la pulsación que resonaba dentro
de mi torturado cuerpo. Mis ojos estaban sellados por el peso plúmbeo de mis
enormes párpados. Comprendí esto y sentí pánico. ¿Qué había sucedido? ¿Qué me
pasaba? ¿Por qué no podía sentir, ver y oír?
Había
sufrido un accidente y me hallaba tendido en un lecho de hospital bajo los
efectos del éter. Esta era una explicación. Tal vez estuviese tullido: ciego,
sordo, mutilado. Sólo mi alma existía débilmente, como el susurro de las
ráfagas de viento por entre las ruinas de una casa muy antigua.
¿Pero qué
accidente? ¿Dónde me hallaba antes del mismo? Claro, debía haber vivido. ¿Cuál
debía ser mi nombre? Me resigné a la oscuridad mientras forcejeaba por aclarar
estos enigmas, y la oscuridad era grata. Mi cuerpo y la oscuridad parecían
hallarse igualmente separadas, pero mezclándose entre sí. Era sosegado...
demasiado sosegado para los pensamientos que zumbaban en mi cerebro. Los
pensamientos luchaban y gritaban, y finalmente atronaron mi mente hasta que me
desperté. Sentí la sensación que recordaba vagamente de tener un pie dormido.
Pero ahora esta sensación se extendía por todo mi cuerpo, de forma que una
ligera picazón me dio la sensación, poco a poco, de tener unos brazos, unas
manos, un pecho y unas piernas y pies.
Sus
líneas fueron emergiendo, quedando definidas por aquella picazón. Algo taladró
mi espinazo, como si la broca del dentista la estuviese atravesando.
Simultáneamente, tuve conocimiento de que mi corazón era un tambor congoleño
dentro de mi pecho, mis pulmones hinchadas calabazas que se elevaban y
descendían a un ritmo frenético. Me gocé en el dolor, ya que por él sentía. La
sensación de separación desapareció y comprendí que yo, completo, intacto,
yacía sobre algo blando. Pero ¿dónde?
Esta fue
la pregunta siguiente y de súbito tuve las suficientes energías como para
solucionar el problema. Abrí los ojos. No vieron nada más que la continuación
de la negrura que se agitaba tras mis entornados párpados. Si acaso, una
oscuridad más profunda, más mórbida. No podía divisar nada de mi cuerpo y, sin
embargo, tenía los ojos abiertos. ¿Estaba ciego? Mis oídos no captaban otro
sonido que el de la misteriosa inspiración de mis pulmones. Mis manos se
movieron tan lentamente en mis costados, rozando una tela, que me dijeron que
mis miembros estaban arropados, pero no abrigados. Unos centímetros... Mis
manos tropezaron con superficies sólidas, seguras, a cada lado.
Alcé las
manos hacia arriba, impulsado por el temor. Veinte centímetros y otra sólida
superficie de madera. Extendí los pies y a través de las puntas de los zapatos
toqué madera. Abrí la boca y surgió un sonido. Fue sólo un estertor, aunque yo
había querido gritar. Por entre mis ideas giraba vertiginosamente un nombre...,
un nombre que se abrió paso a través de la bruma y se elevó como un símbolo de
mi irrazonable miedo. Yo sabía un nombre y quise proclamarlo.
Edgar
Alan Poe.
Entonces,
mi ronca voz susurró lo que yo temía estaba en relación con este nombre:
—¡El
entierro prematuro! —susurré—. Poe lo escribió. ¡Yo soy... un ser vivo!
Estaba en
un ataúd de madera, con el aire viciado de mi propia corrupción penetrando en
mis pulmones, quemándolos, a través de mi olfato. Me hallaba en un ataúd,
enterrado en la tierra y, sin embargo, estaba vivo. Entonces hallé fuerzas. Mis
manos comenzaron a arañar y empujar frenéticamente la superficie que tenía
sobre mi cabeza. Logré aferrar los costados de mi prisión y empujé con todas
mis fuerzas, en tanto mis pies golpeaban el extremo inferior de la caja. Pegué
puntapiés, vigorosos puntapiés. Una nueva fuerza, la fuerza de los locos,
penetró en mi sangre. Con salvaje frenesí, en una agonía nacida del hecho de no
poder gritar y darle expresión, golpeé con ambos pies el extremo del ataúd, y
por fin sentí cómo cedía la madera, astillándose. Los lados también crujieron,
mis ensangrentados dedos se aferraron a la tierra y rodé sobre mi mismo,
escarbando la húmeda y blanda tierra.
Seguí
escarbando hacia arriba, en una especie de desesperación y anhelo incontenibles
mientras trabajaba. Sólo el instinto combatía el insano horror que se había
apoderado de mi ser y lo transformaba en la actividad que sólo podía salvarme.
Debieron
enterrarme apresuradamente, ya que había poca tierra sobre mi tumba. Medio
asfixiado y sofocado, me abrí camino hacia arriba después de interminables
siglos de delirio, durante los cuales el polvo de mi sepultura me cubrió, en
tanto yo me escurría como un gusano hacía la superficie. Mis manos lograron por
fin formar una cavidad. Ascendí vigorosamente y salí al exterior. Me arrastré a
la luz de la luna que inundaba un mundo compuesto de hongos de mármol, que
surgían abundantemente de los montones de hierba que me rodeaban. Algunas de
las fantásticas losas tenían forma de cruz, otras lucían cabezas o grandes
bocas como urnas. Eran las lápidas de las sepulturas, naturalmente, pero sólo
las veía como hongos, gordos, bajos, de una palidez mortal, que extendían sus
raíces bajo tierra para buscar su alimento.
Me quedé
tendido, mirándolo todo, así como el pozo por el que acababa de pasar de la
muerte a la vida nuevamente.
No podía,
no quería pensar. Las palabras Edgar Allan Poe y Entierro prematuro, habían
asaltado imprevistamente mi cerebro y ahora, por un desconocido motivo, empecé
a susurrar con una voz ronca, rasposa, que por fin sonó más clara:
¡Lázaro,
Lázaro, Lázaro!
Gradualmente,
mi jadeo cesó y logré aspirar grandes bocanadas de aire fresco que cantó al
hundirse en mis agotados pulmones. Volví a contemplar la sepultura..., mi
sepultura. No tenía lápida. Era una tumba miserable, en un sector miserable del
cementerio. Probablemente un Campo de Alfarero. Estaba cerca de los límites de
la necrópolis, y la maleza asediaba aquellas míseras tumbas. No había lápidas,
lo cual me recordó mi pregunta. ¿Quién era yo?
Era un
problema único. Antes de morir yo había sido alguien, pero ¿quién? Seguramente
se trataba de un nuevo caso de amnesia. El retorno a una nueva vida en el
verdadero sentido de la frase. ¿Quién era yo? Era gracioso que pudiese recordar
palabras como amnesia y, sin embargo, no pudiese asociarlas con algo personal
de mi pasado. Mi mente estaba completamente en blanco. ¿Era el resultado de la
muerte? ¿Era algo permanente o mi mente despertaría al cabo de unas horas, lo
mismo que había sucedido con mi cuerpo? De lo contrario, me vería en un
terrible apuro... Ignoraba mi nombre, mi estado, lo que había sido.
A través
de mi cerebro pasaron alocadamente los nombres de diversas ciudades: Chicago,
Milwaukee, Los Angeles, Washington, Bombay, Shangai, Cleveland, Chichen Itzá,
Pernambuco, Angkor Wat, Roma, Omks, Cartago... No pude asociar ni una sola
conmigo, ni explicar cómo conocía tales nombres. Recordé calles: Mariposa
Boulevard y Michigan Avenue, Broadway, Center Street, Park Lane y Champs
Elisées. Nada significaban para mí. Pensé nombres propios: Felix Kennaston, Ben
Blue, Ralph Waldo Emerson, Studs Lonigan, Arthur Gordon Pym, James Gordon
Bennet, Samuel Butler, Igor Stravinsky... y no forjaron ninguna imagen en mi
cerebro. Podía ver todas las calles, visualizar a toda la gente, imaginarme
todas las ciudades, pero no podía asociarme con ninguno de tales nombres.
Comedia,
tragedia, drama: era una triste escena para ser interpretada en un cementerio a
la caída de la noche. Me había escurrido de una tumba sin lápida, y lo único
que sabía era que yo era un hombre. Pero ¿quién? Mis ojos se pasearon por mi
persona, tendida en la hierba. Bajo el barro y el polvo distinguí un traje
oscuro, desgarrado en varios lugares, y descolorido. Cubría el cuerpo de un
hombre de alta estatura; un cuerpo delgado, poco musculado y un pecho
aplastado. Mis manos, al recorrer mi persona, eran largas y extrañamente
delgadas; no eran manos de campesino. No pude saber nada de mi cara, aunque
pasé mis manos por todas sus facciones. De una cosa estaba seguro: fuese cual
fuese la causa de mi aparente muerte, yo no estaba físicamente mutilado.
La fuerza
me impulsó a levantarme. Me puse de pie y me tambaleé sobre la hierba. Durante
unos minutos sentí la ebria sensación de flotar, pero gradualmente el terreno
se tomó sólido bajo mis pies, y trabé conocimiento con la frialdad de la noche
y del viento que azotaba mi frente, al tiempo que escuchaba con indecible gozo
el chirrido de los grillos en un próximo lodazal. Di una vuelta por las tumbas,
contemplé el encapotado cielo y sentí caer el rocío y la humedad.
Pero mi
cerebro estaba solo, separado, luchando con los invisibles demonios de la duda.
¿Quién era yo? ¿Qué iba a hacer? No podía vagar por las calles en mi
desordenado estado físico. Si me presentaba a las autoridades me encerrarían
por loco. Además, no quería ver a nadie. De pronto comprendí esto. No quería
ver luces ni gente. Yo era... diferente.
Tenía en
mi la sensación de la muerte. ¿Estaría aún...?
Incapaz
de soportar esta idea, busqué pistas frenéticamente. Traté por todos los medios
de despertar mi dormida memoria. Caminando incansablemente durante la noche,
combatiendo el caos y la confusión, batallando contra las nubes tenebrosas que
rodeaban mi cerebro, anduve arriba y abajo por los más apartados rincones del
cementerio. Exhausto, miré el iluminado cielo. Y entonces mis ideas se
alejaron, y también mi confusión. Sólo estaba seguro de una cosa, de la
necesidad de descansar, de tener paz, olvido. ¿Era un deseo de muerte? ¿Había
salido de la tumba sólo para volver a ella?
No lo
supe ni me importaba. Movido por un impulso tan inexplicable com6 arrollador,
me arrastré hacia las ruinas de mi sepultura, entré, envolviéndome en las
tinieblas como un agradecido gusano, y la tierra me cayó encima. Había
suflciente aire para permitirme respirar mientras estuviese tendido en mi
ataúd. Mi cabeza cayó hacia atrás y me instalé en mi ataúd para dormir...
Los
rumores y ruidos de mis sueños murieron sin poder recordarlos. Se alejaron de
mis sueños y volví a la realidad hasta que me incorporé y empecé a empujar la
tierra que me oprimía. ¡Estaba en la tumba! Otra vez el terror. Había albergado
la esperanza de que todo fuese un sueño, y que el despertar me traería a la
bella realidad. Pero estaba en la tumba, y la tormenta reinaba en lo alto. Me
arrastré al exterior. Todavía era de noche, o más bien, el instinto me hizo
comprender que volvía a ser de noche. Debí dormir todo el día. Esta tormenta
mantenía a la gente lejos del cementerio y por esto no habían podido darse
cuenta del estado de mi tumba. Me icé a la superficie y la lluvia me azotó
desde el cielo con inusitada furia. Y sin embargo me sentí feliz; feliz por la
vida que ya conocía. Bebí la lluvia; el trueno me maravilló como si fuese una
sinfonía. Me admiró la esmeraldina belleza del relámpago. ¡Yo estaba vivo!
A mi
alrededor, los cadáveres corrompidos y putrefactos no podían, a pesar del furor
desencadenado de todos los elementos, alimentar una chispa de existencia o de
memoria. Mis pobres pensamientos, mi pobre vida, eran infinitamente preciosos
en comparación con aquellos desdichados. Yo había engañado a los gusanos y las
larvas. ¡Que aullara la tormenta! Yo aullaría con ella, compartiendo aquella
cósmica majestad. Vitalizado en el verdadero sentido de la palabra, eché a
andar. La lluvia se llevaba las manchas de mis ropas y mi cuerpo.
Singularmente, no sentía frío ni la humedad que me rodeaba. Estaba enterado de
todo ello, pero no penetraban en mi cuerpo.
Por
primera vez comprendí otra cosa extraña: no estaba hambriento ni tenía sed. Al
menos, no parecía tenerlos. ¿Habría muerto mi apetito con mi memoria?
Reflexioné. Memoria..., el problema de la identidad todavía me apremiaba. Seguí
andando, impulsado por la tormenta. Aún meditando, los pies me condujeron más
allá de los confines del cementerio. La galerna parecía guiar mis pasos por la
acera de una calle desierta. Anduve, casi sin darme cuenta.
¿Quién
era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir? Anduve bajo la lluvia, por
la oscura calle, solo en el mojado terciopelo de la noche. ¿Quién era yo? ¿Cómo
había fallecido? ¿Cómo podía revivir?
Atravesé
una calle, penetré en otra más estrecha, aún empujado por el viento y la
risotada de los truenos que se burlaban de mi asombro. ¿Quién era...? Lo sabia.
Mi nombre... la calle me lo dijo. Summit Street. ¿Qulén vivía en Summit Street?
Arthur Derwin, de Summit Street. Yo era Arthur Derwin. Era... algo que no podía
recordar. Había vivido muchos años y, sin embargo, sólo conseguía recordar mi
nombre. ¿Cómo había muerto?
Había
acudido a una sesión espiritista; se apagaron las luces y la señora Price
invocó a alguien. Dijo algo sobre las influencias del mal y las luces se
encendieron.
Pero no
se encendieron.
Y debían
de haberse encendido.
Sí,
estaban encendidas, pero no para mí.
Yo había
muerto. Muerto en la oscuridad de la sesión. ¿Qué me mató? ¿Tal vez el espanto?
¿Qué sucedió después? La señora Price había callado. Yo vivía solo en la
ciudad; me habían enterrado apresuradamente en una tumba de pobre.
—Un
ataque al corazón —sentenció el coroner. Nada más.
Esto fue
todo. Y, sin embargo, yo era Arthur Derwin, y seguramente a alguien le habría
importado mi muerte.
Bramin
Street, anunció la enseña de la calle a la luz del relámpago. Bramin Street. A
alguien le habría importado: a Viola. Viola era mi prometida. Habla amado a
Arthur Derwin. ¿Cuál era su apellido? ¿Dónde la conocí? ¿Cómo era?
Bramin
Street.
Otra vez
la enseña. Inconscientemente, mis pies continuaron su camino. Estaba
recorriendo Bramin Street sin pensar en la tormenta. Bien. Dejé que mis pies me
guiasen. No quería pensar. Mis pies me conducirían, por costumbre, a casa de
Viola... Allí sabría... Bien, no debía pensar. Sólo andar en medio de la
tormenta. Anduve, con los ojos cerrados ante las tinieblas que azotaba el
trueno. Me alejaba de la muerte y ahora tenía hambre. Tenía hambre y sed en la
noche, hambre de ver a Viola y sed de sus labios. Por ella regresaba de la
muerte..., ¿o era esto demasiado poético?
Salí de
la tumba y volví a dormir en ella y de nuevo me levanté y sondeé el mundo sin
memoria. Era algo grotesco, fúnebre, macabro. Yo fallecí en la sesión. Mis pies
iban chapoteando en la calle inundada por la lluvia. No sentía frio ni la
humedad. Por dentro estaba ardiendo, ardiendo con el recuerdo de Viola, de sus
labios, de su cabello. Era rubia. Tenía una cabellera como la luz del sol, ojos
azules y tan profundos como el mar, y una tez con la blancura de los flancos de
un unicornio. Recordé habérselo dicho mientras la tenía entre mis brazos. Sabía
que su boca era como una hendidura escarlata que producía el éxtasis. Ella era
el hambre que yo sentía, ella el ardíente deseo que me conducía a su puerta a
través de las nieblas de mi memoria. Jadeaba, pero sin saberlo.
Dentro de
mí giraba como una rueda que había sido antaño mi cerebro y ahora era sólo un
volante verde que giraba dejándome ver imágenes caleidoscópicas de Viola, de la
tumba, de una sesión de espiritismo, de presencias perversas y de una muerte
inexplicable. Viola estaba interesada en el misticismo. Fuimos juntos a la
sesión. La señora Price era una médium famosa. Yo me morí en la sesión y me
desperté en la tumba. Y ahora regresaba para ver a Viola. Regresaba para
averiguar algo de mí mismo. Ahora sabía quién era yo y cómo había muerto. ¿Pero
cómo revivía?
Cómo
revivía. Bramin Street. Mis pies chapoteaban.
Luego, el
instinto me condujo hacia el porche. Fue el instinto el que hizo que mi mano se
dirigiese al familiar picaporte sin llamar, y el instinto quien me hizo cruzar
el umbral. Me quedé en el pasillo, un pasillo desierto. Había un espejo y por
primera vez iba a poder verme. Tal vez me asombraría mi completo
reconocimiento, mi completo recuerdo. Me contemplé, pero el espejo se tornó
borroso ante mi mirada. Me sentí debilitado, mareado. Pero esto se debía al
hambre que me atenazaba, el hambre que me consumía. Era tarde. Viola nn estaría
abajo, sino arriba, en su dormitorio. Subí la escalera, goteando a cada paso y
andando silenciosamente, apartándome de los diminutos charcos de agua que mis
ropas iban dejando. De repente me abandonó la debilidad y volví a sentirme
vigoroso. Tuve la sensación de estar ascendiendo por la escalinata del Destino.
Como si al llegar a lo alto fuese a conocer la verdad de mi futuro.
Algo me
había traído desde la tumba a casa de Viola. Algo se movía detrás de esta
misteriosa resurrección. La respuesta estaba arriba. Llegué a lo alto y me
interné por el oscuro y familiar pasillo. La puerta del dormitorio se abrió a
la presión de mi mano. Junto a la cama ardía una vela, nada más. Entonces
divisé a Viola tendida en su lecho. Dormía, como una encarnada belleza. Dormía.
Era muy joven y adorable en aquel momento. Me apiadé de ella, por lo que sabría
al despertar. Llamé suavemente:
—Viola...
Repetí el
nombre suavemente, mientras mi cerebro daba vueltas a la última de mis tres
acuciantes preguntas.
¿Cómo
revives?, preguntaba mi cerebro.
—¡Viola!
—gritó mi voz.
Abrió los
ojos y la vida los inundó. Me vio.
—¡Arthur!
—jadeó—. ¡Estás muerto!
Por fin
chilló.
—Sí —dije
en voz baja.
¿Cómo
revives?, volvió a insistir mi cerebro.
La joven
se incorporó, temblando.
—¡Estás
muerto! ¡Eres un fantasma! Nosotros te enterramos. La señora Price tenía miedo.
Falleciste en la sesión. ¡Vete, Arthur, vete! ¡Estás muerto!
Gimió una
y otra vez. Miré su beldad y sentí hambre. Mil recuerdos de la última noche me
asaltaron de golpe. La sesión, y la señora Price invocando a los espíritus del
mal; la frialdad que se apoderó de mi en la oscuridad y mi súbito hundimiento
en el olvido. Después mi despertar y mi búsqueda en pos de Viola para que
apaciguase mi hambre. No de comida. No de bebida. No de amor. Un nuevo apetito.
Un nuevo apetito que sólo conocía de noche. Un nuevo apetito que me hacía
evitar a los hombres y olvidarme de mí mismo. Un nuevo apetito que odiaba los
espejos.
Apetito...
de Viola.
Avancé
hacia ella lentamente, y mis mojadas prendas susurraron cuando extendí mis
brazos tranquilizadoramente y la tomé entre mis brazos. Por un instante lo
sentí por ella, pero el apetito se presentó más agudo e incliné la cabeza. La
última pregunta volvió a cruzar fugazmente por mí cerebro.
¿Cómo
revives?
La
sesión, la amenaza de los malos espíritus, contestaron a esta pregunta. La
contesté yo mismo.
Ya sabía
por qué me había levantado de la tumba, quién y qué era, cuando cogí en brazos
a Viola. Sí, la cogí entre mis brazos y clavé mis colmillos en su garganta.
Esto contestó la pregunta.
Yo era un
vampiro.
____________________________
Robert
Bloch (1917-1994)
